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Martes, 21 Abril 2020 15:00

Lo valioso de enseñar inteligencia emocional Destacado

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 La inteligencia emocional es la capacidad de sentir y entender estados anímicos propios y ajenos. Se traduce en competencias prácticas, como la destreza para saber sobre el cuerpo propio y lo que sentimos. Su buen aprendizaje ayuda al control emocional, al talento para motivarse, a la empatía y a las habilidades sociales.

 El sistema educativo siempre ha priorizado la enseñanza lógica, y ha descartado de su currículum una gran cantidad de habilidades alcanzables para los alumnos. Al igual que el aprendizaje de matemáticas, historia o literatura, el trabajo en las emociones permite desarrollar aptitudes que serán para toda la vida. Su principal foco, es el brindar herramientas que permitan desarrollar a la persona, logrando su automotivación, y evitando problemas específicos, pero habituales.

 Las destrezas emocionales incluyen el autoconocimiento, la identificación, expresión y el manejo de los sentimientos, el control de los impulsos, las gratificaciones demoradas; el manejo del estrés y de la ansiedad. Son expresadas en el dominio de uno mismo, en la persistencia para alcanzar objetivos y la capacidad de motivarse. En otras palabras, son habilidades que pueden enseñarse a los niños, dándoles así mejores posibilidades de utilizar su potencial intelectual.

 Según el psicólogo Daniel Goleman, en los momentos en que los niños carecen de la capacidad de manejar sus problemas, de prestar atención o de concentrarse, es donde más indispensable es un programa escolar que abarque la inteligencia emocional. Así, se podrá trabajar en situaciones como la baja autoestima, la inseguridad y comportamientos compulsivos.

 A través de juegos, propuestas lúdicas como el teatro, la pintura o el cine, se le puede enseñar a los jóvenes a defenderse, a reafirmar sus derechos, a reconocer cuáles son los límites y respetarlos. Ayudan a pensar cómo resolver de la forma más positiva los conflictos interpersonales, a tener más confianza en sí mismos, y a sentirse apoyados por sus maestros y seres queridos.

“La educación emocional es una innovación educativa que responde a necesidades que las materias académicas ordinarias no cubren”

David Goleman, autor del libro La Inteligencia Emocional

 Cada período representa una oportunidad para ayudar a ese niño a adoptar hábitos emocionales beneficiosos o, de lo contrario, a que sea más difícil ofrecerle lecciones correctivas en años posteriores. El óptimo desarrollo de un programa de alfabetización emocional se da cuando se comienza tempranamente, con trabajo acorde a cada edad, y a lo largo de toda la etapa escolar.

 A medida que el niño cambia y crece, sus problemas puntuales lo hacen en forma paralela. Para ser más efectivo, las lecciones emocionales deben acompañar el desarrollo del niño, y ser repetidas en las progresivas etapas de crecimiento de formas que se adapten a los cambios de comprensión en el niño, y a los desafíos que debe enfrentar. En suma, el curso se debe dar igual a todos, evitando estigmatizaciones.

 “Nuestros chicos aprenden que siempre se tienen emociones cuando se trata de dar una respuesta a la emoción, y que cuantas más maneras conozca uno de responder a una emoción, más rica será su vida”

 

 Más allá de la preparación de los maestros, la alfabetización emocional amplia la visión que tenemos de la tarea que debe cumplir la escuela, convirtiéndola en un agente más concreto de la sociedad para asegurarse de que los niños aprendan estas lecciones esenciales para la vida. Esto significa un retorno al papel cásico de la educación. Lograr tal objetivo ampliado requiere la utilización de oportunidades dentro y fuera de la clase para ayudar a los niños a transformar los momentos de crisis personal en lecciones de aptitud emocional.

 La necesidad de contar con un programa que abarque la inteligencia emocional habla de evitar los casos de depresión en el mundo entero, adicciones, la creciente agresividad, los episodios de adolescentes con armas, maltratos y estrés cotidiano. En contraste, los jóvenes con un mayor dominio de sus emociones presentan mayor capacidad para cuidar de sí mismos y de los demás, predisposición para superar adversidades y menores probabilidades de implicarse en comportamientos de riesgo.

Una habilidad social clave es la empatía, es decir, comprender los sentimientos del otro y su perspectiva, respetar las diferencias entre lo que cada uno siente respecto a las mismas cosas. Las relaciones interpersonales son un punto esencial que se debe incluir en el programa, lo que incluye aprender a escuchar y formular las preguntas correctas, a discriminar entre lo que el otro expresa, y los propios juicios y reacciones; a ser positivo antes que estar enfadado o en una actitud pasiva, y a aprender el arte de la cooperación, la solución de los conflictos y el compromiso de la negociación.

 También funciona mejor cuando las lecciones escolares se coordinan con lo que ocurre en el hogar. Muchos programas de alfabetización emocional incluyen clases especiales para padres, donde se les informa de lo que sus hijos están aprendiendo. No para complementar lo que se enseña en la escuela, sino para ayudarlos a sentir la necesidad de manejar más eficazmente los problemas derivados del desarrollo de la vida emocional de sus hijos.

 “Las lecciones impartidas son modestas pero significativas, surtiendo efecto regular y sostenido durante años. Al repetirse una y otra vez en el cerebro reacciona con un reflejo adquirido, reconociéndolo como un camino conocido y fortalecido”

 Imagino en un futuro en el que la educación incluirá como rutina el inculcar aptitudes esencialmente humanas como la conciencia de la propia persona, el autodominio y la empatía, el arte de escuchar, resolver conflictos y cooperar. A la par, se creará una conciencia sobre lo valioso de manejar las emociones, reflejado en darse cuenta que hay detrás de cada sentimiento, en pos de aprender las formas de manejar la ansiedad, el enojo y la tristeza.

 Es el momento oportuno para enseñarles a los niños las habilidades que pueden sembrar. Trabajar con los jóvenes, ayudándolos a tomar conciencia del sí mismo, darles herramientas para que puedan tomar conciencia de las propias fortalezas y debilidades y así puedan verse a uno mismo bajo una luz optimista. En definitiva, se trata de llevarse lo aprendido afuera de la escuela, y poder alcanzar todo lo que se propongan.

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Julián Torrisi

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