Tierra, césped, árboles y musgo albergan una enorme diversidad de microorganismos. Distintos estudios sugieren que el contacto habitual con ambientes naturales puede enriquecer la microbiota de la piel y favorecer mecanismos relacionados con la regulación del sistema inmunitario.
Durante décadas, la vida urbana avanzó hacia ambientes cada vez más higienizados y con menor contacto directo con la naturaleza. Ahora, la ciencia está estudiando qué consecuencias puede tener esa pérdida de exposición a la biodiversidad microbiana.
La piel humana no es una superficie estéril: alberga bacterias, hongos, virus y otros microorganismos que forman la microbiota cutánea, un ecosistema relacionado con el funcionamiento de la barrera de la piel y con las respuestas inmunitarias.
¿Qué ocurre cuando tocamos tierra o plantas?
Una investigación experimental comprobó que el contacto directo y breve de las manos con materiales naturales —entre ellos tierra y vegetación— produjo un aumento inmediato, aunque al menos en parte transitorio, de la diversidad bacteriana presente en la piel.
Esto no significa que ensuciarse las manos sea un tratamiento médico. Sí aporta evidencia a una idea que viene ganando espacio entre los investigadores: nuestro organismo evolucionó en permanente contacto con microorganismos ambientales y la reducción extrema de esa exposición podría influir sobre la diversidad de nuestro microbioma.
El experimento que convirtió patios urbanos en pequeños bosques
Uno de los estudios más interesantes se realizó en guarderías de Finlandia. Los investigadores transformaron patios urbanos cubiertos principalmente con grava incorporando suelo de bosque, césped y espacios para cultivar plantas.
Los chicos tuvieron contacto cotidiano con esos ambientes. Después de apenas 28 días, los investigadores encontraron una mayor diversidad de determinados microorganismos en la piel y modificaciones en marcadores vinculados con la regulación inmunitaria.
Un seguimiento posterior durante dos años también encontró cambios duraderos en comunidades microbianas de la piel, saliva y otros ambientes estudiados, aunque los científicos remarcaron la necesidad de seguir investigando si estas modificaciones se traducen directamente en una reducción de enfermedades.
La tierra no es un medicamento
Hay una diferencia importante entre contactarse con un ambiente natural saludable y considerar que cualquier suelo es beneficioso.
La tierra también puede contener microorganismos patógenos, parásitos y contaminantes químicos. Una revisión científica publicada en 2026 describe precisamente esta paradoja: el suelo puede aportar una diversidad microbiana potencialmente favorable para la regulación inmunitaria y, simultáneamente, representar una vía de exposición a contaminantes y patógenos.
Por eso, los resultados científicos no justifican ingerir tierra ni abandonar hábitos básicos de higiene, especialmente después de manipular tierra potencialmente contaminada o antes de comer.
Recuperar algo que la ciudad fue perdiendo
Caminar por un parque, trabajar en el jardín, cuidar plantas, jugar sobre el césped o simplemente tocar árboles y tierra puede significar algo más que una experiencia agradable.
La evidencia disponible apunta a que la biodiversidad ambiental y nuestro propio microbioma están relacionados, aunque todavía queda mucho por descubrir sobre cuánto contacto es necesario y qué beneficios clínicos concretos produce.
Quizás una de las enseñanzas sea sencilla: nuestro cuerpo no evolucionó separado de la naturaleza. Recuperar un contacto razonable y seguro con ella puede ser una pieza más dentro de un estilo de vida saludable.
