Tarifas, alquileres, transporte y prepagas subieron por encima de los ingresos y achicaron el margen de consumo de millones de argentinos.
Por Martín Ríos
Mientras la inflación general muestra señales de desaceleración, otro fenómeno empieza a sentirse con fuerza en los hogares argentinos: el peso creciente de los gastos fijos. Tarifas, alquileres, transporte, salud privada y servicios básicos avanzan por encima de los ingresos y reducen el dinero disponible para consumo cotidiano.
La situación impacta con especial dureza en jubilados, empleados públicos e inquilinos, sectores que hoy destinan una porción cada vez mayor de sus ingresos a cubrir costos esenciales.
Según un informe reciente de la consultora Equilibra, el ingreso disponible —es decir, el dinero que queda luego de pagar gastos fijos— cayó nuevamente durante marzo pese a una leve recuperación de los ingresos reales. El estudio advierte que los gastos considerados “inelásticos” aumentaron 5,1%, por encima de la inflación general del período.
Los que más perdieron
El deterioro no fue igual para todos. Los jubilados que cobran la mínima aparecen entre los sectores más afectados: el informe señala que su ingreso disponible cayó 1,3% mensual y acumula una pérdida cercana al 19% frente a los niveles previos al cambio de gobierno.
También los empleados públicos registran un fuerte deterioro. Aunque tuvieron cierta recuperación salarial en términos nominales, el impacto de tarifas y servicios redujo buena parte de esa mejora. En términos acumulados, el ingreso disponible del sector estatal se ubica más de 25% por debajo de los valores promedio de 2023.
En paralelo, los asalariados privados formales muestran una caída menor, aunque también sienten el impacto del encarecimiento de los servicios básicos y del transporte.
Alquileres y transporte: el golpe más fuerte
Dentro del universo de gastos fijos, los alquileres siguen siendo uno de los factores más críticos. Los contratos bajo la antigua ley de alquileres registran actualizaciones superiores al 30% anual y en muchas ciudades grandes el costo de acceso a una vivienda ya consume más de la mitad de un salario promedio.
A esto se suma el incremento constante del transporte público. En distintas jurisdicciones del país los boletos volvieron a subir durante mayo y abril, en algunos casos con aumentos superiores al 5%. Estudios universitarios ya advierten que el transporte representa cerca del 50% del gasto total en servicios públicos de muchos hogares urbanos.
La medicina prepaga también continúa ajustando cuotas mensuales por encima de los salarios, con incrementos de entre 3% y 4% en mayo, según la empresa y la región.
Mirada federal: Rosario y el interior también sienten el ajuste
En ciudades del interior productivo como Rosario, Córdoba o Mendoza, el fenómeno adquiere características propias. Aunque algunos sectores vinculados al agro o a la exportación muestran actividad, el consumo interno permanece debilitado y los comercios enfrentan una caída sostenida en ventas.
En Santa Fe, por ejemplo, el aumento de combustibles impacta directamente sobre logística, alimentos y transporte regional. El encarecimiento de tarifas y servicios también golpea a pequeñas empresas, trabajadores independientes y familias de clase media que hasta hace pocos años podían sostener ciertos niveles de consumo.
La combinación de salarios que corren detrás de los gastos esenciales y servicios cada vez más caros genera una nueva realidad económica: el ajuste ya no pasa solamente por los precios del supermercado, sino por la dificultad de sostener el funcionamiento básico del hogar.
Una economía cada vez más rígida
El problema de fondo es que los gastos fijos tienen poco margen de recorte. La gente puede dejar de comprar ropa, salir menos o postergar consumos, pero no puede dejar de pagar alquiler, transporte, luz o medicamentos.
Por eso, aunque algunos indicadores macroeconómicos muestren cierta estabilidad, el humor social sigue marcado por la sensación de que el dinero “no alcanza”. El desafío económico para los próximos meses no será solo bajar la inflación, sino recuperar capacidad de consumo real en millones de hogares argentinos.
