Nuevas investigaciones muestran que no todo el tiempo frente a una pantalla produce los mismos efectos. La edad del niño, el contenido, la duración y, especialmente, la forma en que se utiliza la tecnología pueden marcar diferencias en el desarrollo cerebral.
Celulares, tablets, televisores y computadoras forman parte de la vida cotidiana de millones de chicos. Durante años, la discusión se concentró casi exclusivamente en una pregunta: ¿cuántas horas pasa un niño frente a una pantalla?
Sin embargo, la evidencia científica apunta a una realidad bastante más compleja. Un reciente trabajo publicado en Developmental Psychobiology, que revisó estudios de neuroimagen en niños de hasta 12 años, concluyó que el efecto de las tecnologías digitales sobre el cerebro parece depender no solamente de la cantidad de exposición, sino también del tipo de actividad, el contenido y el contexto en el que se utilizan las pantallas.
Qué encontraron al observar el cerebro
La revisión analizó nueve investigaciones que utilizaron técnicas de neuroimagen. En varios de esos trabajos, una mayor exposición a pantallas estuvo asociada con diferencias en el grosor cortical, la integridad de la materia gris y blanca, el volumen de determinadas regiones cerebrales y la conectividad de redes relacionadas con el lenguaje, la atención, las funciones ejecutivas y la regulación emocional.
Pero hay una aclaración fundamental: encontrar una asociación no significa demostrar que las pantallas sean directamente responsables de esos cambios.
El desarrollo cerebral infantil está influido por numerosos factores: genética, alimentación, sueño, actividad física, relaciones familiares, educación, situación socioeconómica y experiencias sociales. Por eso, los propios investigadores advierten que todavía hacen falta estudios longitudinales y experimentales para comprender mejor las relaciones de causa y efecto.
No todas las pantallas son iguales
Este punto comienza a modificar el debate.
No es necesariamente comparable que un niño permanezca durante horas mirando videos de manera pasiva con que utilice una aplicación educativa acompañado por un adulto, realice una videollamada con familiares o participe de determinadas actividades digitales interactivas.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en JAMA Pediatrics también estudió precisamente el contexto en el que los niños pequeños utilizan las pantallas, en lugar de considerar solamente la cantidad total de horas.
Incluso la reciente revisión de estudios cerebrales encontró algunos resultados positivos vinculados con actividades digitales estructuradas e interactivas. Determinados videojuegos, por ejemplo, fueron asociados en algunos trabajos con mejoras en memoria de trabajo, percepción espacial y habilidades motoras finas.
Esto no significa que jugar videojuegos sea necesario para desarrollar esas capacidades, sino que ayuda a entender por qué “pantalla” no debería considerarse una única actividad.
El verdadero problema puede ser lo que la pantalla reemplaza
Para especialistas y organismos sanitarios, una de las cuestiones centrales es observar qué actividades desaparecen cuando aumenta demasiado el tiempo digital.
Una hora frente al celular puede convertirse en una hora menos de juego físico, conversación, lectura, exploración, interacción con otros chicos o sueño.
Y durante los primeros años esas experiencias tienen un papel fundamental.
La Organización Mundial de la Salud sostiene que en menores de cinco años debe analizarse conjuntamente el equilibrio entre actividad física, comportamiento sedentario y sueño. También destaca el valor de actividades sin pantallas realizadas junto con adultos, como leer, contar historias, cantar o hacer rompecabezas.
Para los niños de 2 años, la OMS recomienda que el tiempo sedentario frente a pantallas no supere una hora diaria —menos es mejor— y establece la misma referencia para los chicos de 3 y 4 años. Para los bebés menores de un año no recomienda tiempo de pantalla sedentario.
Acompañar puede ser tan importante como limitar
La evidencia disponible está llevando a reemplazar una regla demasiado sencilla —“menos pantalla siempre es mejor”— por una mirada más amplia.
Los padres pueden preguntarse qué está mirando el chico, durante cuánto tiempo, para qué lo utiliza, si existe interacción con un adulto y qué otras actividades está desplazando.
También importa el momento. Utilizar dispositivos durante las comidas, antes de dormir o como respuesta automática cada vez que aparece aburrimiento puede generar hábitos diferentes a utilizar ocasionalmente una pantalla para aprender, crear o comunicarse.
La tecnología, además, difícilmente desaparecerá de la infancia. El desafío pasa entonces por enseñar a utilizarla.
Ni demonizar ni liberar sin límites
Las investigaciones disponibles no permiten afirmar que las pantallas estén simplemente “dañando el cerebro” de todos los niños. Tampoco justifican pensar que cualquier cantidad o modalidad de exposición sea inocua.
La revisión científica más reciente resume justamente esa complejidad: una exposición excesiva o poco regulada aparece asociada con resultados menos favorables, mientras que determinadas experiencias digitales estructuradas pueden favorecer habilidades específicas.
Por eso, quizás la pregunta que deberían hacerse las familias ya no sea solamente “¿cuántas horas de pantalla tiene mi hijo?”, sino otra mucho más completa:
¿Qué hace frente a esa pantalla y qué está dejando de hacer mientras la mira?
Ahí puede encontrarse una de las claves para construir una relación más saludable entre infancia, cerebro y tecnología.
